domingo, 27 de marzo de 2011

CuentaCuentos nº 86 "La loca"

La loca

    "La casa se inundó de un olor a arroz con curry. Se estaban quedando dormidos en el sofá. Quizá habían comido demasiado. Silvia notaba como si le fuese a reventar el estómago. Mauro estaba a su lado, no tenía mejor pinta que ella. Los dos sabían muy bien que no debían comer tanto, que luego se sentían muy pesados y torpes, pero por más que lo intentasen no conseguían evitarlo. Se lo propuso con todas sus fuerzas y se levantó del sofá. Obligó a Mauro a levantarse también para salir a dar un paseo, si se quedaban en casa se pasarían la tarde del domingo durmiendo. Caminaron hasta el parque. Les encantaba aquella zona, era tan verde, tan relajante. Increíble encontrar algo así en una ciudad tan grande como aquella. Había escuchado mil veces hablar de Central Park y otras mil lo había visto en películas, pero jamás se lo había imaginado así... Desde que se tuvieron que mudar a Nueva York por motivos del trabajo de Mauro iban mucho por allí. A Silvia le recordaba al Retiro de su Madrid natal, aunque nada comparables en tamaño. De repente un ruido llamó su atención.

    -¿Y esa muchacha de ahí? – preguntó Silvia a su novio.
    -Pues si te digo la verdad, creo que está loca – le respondió Mauro.
    -¿Por qué lo dices?
    -Lleva por aquí un par de días. Y siempre parece estar buscando algo... Una vez quise ayudarla y comenzó a decirme un millón de cosas irracionales, de las que sólo saqué en claro que se llama Lucrecia.
    -Ufff... Lucrecia me suena a nombre de loca, si... ¡Pero espera! Ahora que la veo bien. ¿No es Lucrecia Rincón?
    -¿La escritora famosa? Pues no sé que decirte chica.
    -Sí que es ella. Hace unas semanas le hicieron una entrevista en la tele. Se ha hecho muy famosa con su último libro...
    -Pues seguro que si nos quedamos un rato por aquí podrás ver de lo que te hablo.
    -¿Pero eso no sería un poco cruel, Mauro?
    -No sé porque. El parque es de todos y puedo pararme donde sea. Así que lo he decidido, nos vamos a sentar en este banco y ya verás.
    -Está bien, como quieras.
Y allí se sentaron a verla. Andaba de un lado para otro, desconsolada. Como si no supiese hacia donde ir o qué hacer. Lucrecia, llevaba días buscándola. Sabía que se había perdido allí en el parque, pero no la encontraba. ¿Porque todo lo malo le pasaba a ella? Entonces un hombre se acercó a ella intrigado por su desolación.
    -Señorita, ¿qué le pasa?
    -Que llevo aquí días y no la encuentro...
    -¿Ha perdido algo?
    -Sí, algo muy importante para mí.
    -Y, ¿qué ha perdido?
    -Mi querida inspiración. Y necesito encontrarla. ¿Me ayudará?
    -Ha perdido su inspiración ¿y viene a buscarla aquí?
    -¿Entonces dónde voy a encontrarla señor? Tendré que buscarla donde se me ha perdido, ¡digo yo!
    -¡Está usted mal de la cabeza señorita! ¡Está loca! – dijo aquel pobre hombre mientras se alejaba de ella.

    El parque casi se había quedado en silencio cuando la gente comenzó a oír la discusión entre aquellos dos singulares personajes. Al viejecito muchos lo conocían porque siempre iba a la misma hora a echarle de comer a las palomas y a la muchacha la veían desde hacía un par de días rondando por allí, buscando desesperada en cada rincón y lanzando gritos al aire y después a todos aquellos que se acercaban a ayudarla. Siempre tenían espectáculo garantizado si ella estaba cerca...
    -¡Inspiración! ¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?
    -¡Loca! – grito el señor dándose la vuelta. - ¡Completamente loca!
    -¡Inspiración vuelve! – continuó Lucrecia sin hacerle caso. - ¿No ves que te echo de menos? ¿No ves que me haces falta?
La gente la miraba murmurando en bajito, para que ella no pudiese oírles, pero les oía... Sabía lo que decían y podría asegurar lo que estaban pensando. Es lo que tiene ser una persona con una mente tan abierta, que podía hacerse una imagen global de cualquier situación que la rodease. Así como también había visto a aquel chico que la veía día tras día desde el mismo banco, pero esta vez acompañado por una joven.
    -¿Ves como está loca? Ya te lo había dicho.
    -Mauro, no seas así. Puede oírte.
    -¿Y qué si me oye? ¿No dices que es una simple escritora?
    -No es una simple escritora imbécil. Es una de las más grandes ahora. Sus relatos derrochan imaginación por todas partes y siempre consiguen dejarte con la intriga...
    -Y tanto, mira que intrigada tiene a toda esta gente. Que no saben si es que ha dejado de tomarse la medicación o si es que en el psiquiátrico tienen jornada de puertas abiertas... jajajaja
    -¡Mira que llegas a ser gilipollas! – grito Silvia. – A veces no sé porque estoy todavía contigo.
    -Bueno, tranquila mujer, me disculpo, ¿vale?
    -Sí, deberías hacerlo, porque sino te juro que me voy.
    -Pero, ¿por qué te pones así? Sólo es una lunática más. ¿De veras vas a dejar que los desvaríos de una pobre loca nos afecten?
    -¡Te lo advertí Mauro! Me voy...
    -¿Pero qué cojones te pasa?
    -Que ahora me estoy dando cuenta de cómo eres. En mi familia hay antecedentes de esquizofrenia, ¿sabes? Podría pasarme a mí. Y de verdad que no quiero que me trates como a una desequilibrada o algo así...
    -Joder Silvia, perdóname. No lo sabía.
    -Da igual, ¿sabes? Ya no quiero estar contigo...

    Se alejó llorando, pasando sin darse cuenta por delante de Lucrecia que la miraba con tristeza. Y Mauro pudo ver como aquella mujer iba detrás de su novia preguntándole si se encontraba bien. La verdad es que no tenía claro que había pasado. ¿Silvia se enfadó por que se había metido con aquella loca? Bueno, que según ella no era una loca, sino una gran escritora. Y luego ya había pasado a decirle sus problemas y que no quería que a ella la tratase así... Se había puesto muy tremendista y cuando volviese se lo iba a decir. Esperó durante un buen rato en aquel banco, pensando que ella iba a volver, pero tras más de media hora de espera decidió volver a casa. Ya le llamaría por teléfono si quería disculparse por haberse marchado así. Cuando casi estaba saliendo del parque salió a su paso Lucrecia, interponiéndose entre él y la salida.

    -¿Qué haces loca?
     -¡Loca! ¿Loca yo?
    -Sí, loca como una cabra. ¿Acaso se piensa que no la he visto diariamente por este parque a gritos llamando a su Inspiración?
     -Loca... Esa palabra te ha costado tu relación y aún así sigues diciéndola como si nada... Y dime, ¿cómo estarías tú si hubieses perdido lo más importante para ti? ¿Acaso no te volverías loco? Porque lo harás...
    -Vamos a ver señora. Usted está loca, y no tengo nada más que decir al respecto. Yo no he perdido a Silvia, porque arreglaremos esto como siempre. ¿Y yo me voy a volver loco? ¿Y eso a santo de qué?

    En ese momento, en la cara de Lucrecia asomó una extraña mueca que Mauro no supo si era de burla, de victoria o de felicidad, pero hizo que todo su cuerpo se le erizase. Vio como se agachaba y un cachorrito saltaba a sus brazos y ella lo recogía sonriente.

    -¡Inspiración! Al fin te he encontrado. Espero que te quedes conmigo mucho tiempo, ¿eh chiquitina?
    -¿Así que Inspiración era una perra? ¿Y por qué no lo dijo antes? Ha dejado que todo el mundo pensase que está loca cuando sólo estaba buscando a su perra.
    -Inspiración... Un perro, un árbol, una roca, una persona... Daba igual… Sólo quería mi Inspiración, y gracias a ti la he encontrado...
    -¿Qué? Ahora sí que no la entiendo.
    -Ya tengo mi Inspiración, aunque tú antes la llamabas Silvia. Pero ¿y tú? ¿Cuánto tardarás tú en encontrar la tuya?"


    *Frase de Larisavel.

lunes, 21 de marzo de 2011

CuentaCuentos nº 85 "La odisea"

La odisea

    "Tras varios días de espera, decidió reanudar la marcha sola. No quería continuar sola, pero no le quedaba más remedio, tampoco podía permitirse esperar más. Ya no quedaba agua en aquel charco y llevaba casi tres días sin comer. Las opciones estaban claras: quedarse a esperar y morir o continuar adelante. Hacía una semana que habían atacado su casa y habían tenido que huir en medio del caos. Todavía recordaba con horror como muchos de sus amigos y familiares no tuvieron tanta suerte como ella. Su madre se la había llevado a rastras sin dejarla si quiera rechistar. Con el último vistazo que echó a lo que quedaba de su hogar pudo ver como mataban a su padre. Le vio intentando escapar, pero todo fue inútil. La última imagen que se quedó grabada en su retina era como le prendían fuego, y pese a lo lejos que estaban ya, podría asegurar que había escuchado sus gritos de dolor.

    No entendía por qué les tenía que suceder aquello. Ellos no le hacían daño a nadie. Nunca buscaban líos, más bien al contrario, preferían pasar desapercibidos por lo que pudiera pasar. Desde pequeña le habían enseñado mil técnicas de huida y mil sitios en los que esconderse "por si acaso" decían, pero ella no lo había entendido nunca, hasta aquel día en el que la realidad le dio un soberano golpe en toda la cara y la había traído de vuelta a la realidad. Ella solía salir a jugar y su madre siempre le pedía que no se alejase mucho, no comprendía el por qué de tanto temor, pensaba que sus padres eran sobreprotectores, hasta hubiera dicho que demasiado, quizá porque nunca le contaron la verdad. Porque nunca le habían contando todo lo malo que se escondía fuera de la protección de su casa. No entendía por qué no la habían preparado por si algo así sucedía. Ahora se encontraba en medio de una odisea de la que no sabía si podría escapar.

    Ahora estaba sola. Su madre había vuelto para ver si conseguía encontrar a alguien más con vida y poder ayudarles. A ella la había obligado a quedarse agazapada entre la hierba, en silencio. Le había traído un poco de comer y tenía aquel charco cerca, por si necesitaba agua. Pero ya habían pasado tres días y seguía sin tener noticias. Además tenía frío, se sentía sola y hambrienta. Sabía que tenía que seguir adelante, pero su cuerpo no le respondía, tenía demasiado miedo. ¿Y si volvían los que les habían hecho aquello? ¿Y si la estaban buscando? ¿Podría ser? Escuchó un ruido y todo su cuerpo se puso tenso. Se agazapó aún más y ralentizó su respiración lo más que pudo. Aunque hubiera querido echar a correr no lo hubiera conseguido, sus piernas no le respondían. De hecho, ninguna parte de su cuerpo le respondía en aquel momento. Ahora simplemente tenía alerta el instinto de supervivencia. Recordaba cuando salía con su padre a las excursiones, que siempre le enseñaba algo nuevo de camuflaje y técnicas de evasión. Siempre lo tomó como una tontería más, pero ahora se estaba dando cuenta de lo mucho que le debía a su padre ahora mismo...

    Otra vez el ruido, esta vez más cerca, quizá demasiado... De repente se sintió como una tonta. Vio aparecer un topo entre las hierbas, pasando por delante de su cara sin hacerle ni caso. ¡Qué feliz era ese topo sin saber lo que estaba ocurriendo! Ojalá ella pudiera estar tan ciega como él para no haber visto todos los horrores que habían tenido lugar ante sus ojos. Parecía que había pasado tanto tiempo ya... Rugieron sus tripas, tenía mucha hambre, y ahora que se fijaba hasta había caído la noche. Intentó moverse y todos sus músculos se quejaron. Debía llevar horas en aquella postura de alerta. Tenía que encontrar otro lugar donde esconderse para pasar la noche y necesitaba encontrar algo para comer... Con una sonrisa recordó a su hermano mayor. Él era el que le había enseñado a robar comida. ¿Quizá por eso les habían atacado? ¿Porque les habían descubierto?

    Lo que hacían no era tan malo. Simplemente robaban lo necesario para sobrevivir, no hacían daño a nadie. Además solían llevarse lo que ya nadie quería. Los despojos que encontraban en las papeleras o en bolsas amontonadas en las aceras. ¿A quién podía valerle aquello? Vale que a veces también se metían a escondidas en las casas y robaban comida recién hecha, ¡pero es que tenían hambre! ¿Podían culparles por aquello? ¿Podían ser tan crueles por un simple pedazo de comida? Comenzó a llorar. Pensó en sus padres, estaba segura de que no volvería a verles. Tampoco a sus hermanos. Ahora estaba sola. ¿Y qué podía hacer? Desde pequeña le habían dicho que ella estaba destinada a hacer grandes cosas, que se preparase muy bien, porque algún día ocuparía el lugar de su madre y estaría al frente de su propia familia, y ahora estaba sola. ¿De qué familia se iba a ocupar? Se secó las lágrimas, llorar tampoco servía de nada, tenía que ser fuerte. De repente fue como si en medio de la noche una luz brillante le diese la respuesta. ¡Su tía! ¡Eso había dicho su madre! Sí, estaba segura... ¡Si no volvía tenía que ir a casa de su tía!

    Se sintió con fuerzas renovadas. Además su madre ya la había puesto en ruta y ella recordaba perfectamente bien el camino. Quizá estaba a poco más de 8 horas de camino. No tenía pensado pararse a descansar hasta llegar y estar a salvo. Pensó con alivio que al menos le quedaba alguien, que no estaba completamente sola. Así que se puso en marcha con energías renovadas sabiendo que al día siguiente tendría un lugar cómodo y calentito en el que dormir y que estaría con gente que la quería... Caminó durante la noche y gran parte de la mañana con la ilusión de llegar a su nuevo hogar, con sus tíos y sus primos. Esperaba ser bien recibida allí. Cuando se estaba acercando se sintió asustada, no sabía muy bien por que... ¿Quizá por miedo a que no la dejasen quedarse allí? Bueno, al menos tenía que intentarlo. Siguió caminando, ya estaba cerca. Salió al claro donde estaba la casa de su tía y se quedó congelada... Vio el pequeño cráter del que surgía una marabunta roja entre miedos, gritos y atropellos. De vez en cuando se veía algún fogonazo de luz y más chillidos histéricos. Allí estaban otra vez aquellos niños con su lupa. Los mismos que habían terminado con sus padres y hermanos, los mismos que venían a terminar con el resto de su familia..."


    *Frase de Pistachita.

lunes, 14 de marzo de 2011

CuentaCuentos nº 84 "Quiero ser tú"

Quiero ser tú

    "-De repente un día, todo cambió de repente. Parece increíble que después de tanto tiempo esté otra vez aquí, en este sótano... ¿Sabes? A veces me pregunto lo que sería ser otra persona, estar en su piel, vivir lo que ella vive... A veces me gustaría poder cambiar por unos instantes su vida con la mía y poder esconderme del mundo. Ser esa anciana del parque que le echa de comer a las palomas cada mañana, esa con la que me encuentro en el mismo banco día a día cuando salgo a correr. O quizá aquel niño en la parada del autobús, con un nuevo día de clase por delante y mil cosas por aprender.

    También imagino como sería ser una novia el día de su boda, vestida de blanco, radiante, el día más feliz de su vida. O un cura oficiando la misa de los domingos, con todas aquellas beatas, que sólo han acudido para poner verde a las demás. ¿Y ser un bebé? Estaría bien ser un bebé, pero me gustaría poder recordarlo, porque cuando yo lo fui no podía hacerlo… Estar en el vientre de mi madre, flotando con tranquilidad y sosiego, sabiendo que nada malo va a pasarme y sin mayor preocupación que ser capaz de acercar mi dedito a mi boca para poder chuparlo. Y que llegue el día de nacer. Sentir el miedo a lo desconocido, los nervios de no saber que está sucediendo. Salir al mundo exterior, a mi nueva vida y ver la cara de mi madre, la de mi padre, la de las enfermeras y la del puto médico que sin venir a cuento me da el primer azote de mi vida.

    Me gustaría saber que sienten todas esas personas en sus vidas y gracias a ti voy a conseguirlo. No te asustes ni llores, no te va a doler. Bueno, es mentira, claro, te dolerá horrores. No tengo anestesia para dormirte mientras te arranco la piel de la cara. ¡Deja de mirarme así o arrugarás mi hermosa máscara! ¿Cómo crees que quedará tu rostro sobre el mío? Yo creo que tu vida puede ser muy interesante. Espero que me guste. Estoy nerviosa e impaciente por saberlo. ¿Por dónde empiezo? Por la mejilla creo que no, supongo que lo mejor será empezar por detrás de la oreja y seguir la línea del pelo, necesito que el corte sea lo más limpio posible y no quiero estropear ni un sólo pedazo de piel… Bueno… ¡Vamos allá!

    Y entonces se escuchó un grito que inundó todo el sótano de aquella gran casa, pero daba igual. No había nadie en 10 kilómetros a la redonda y nadie podría escucharlas, tenía todo el tiempo del mundo para convertirse en otra persona, en la persona que ella desease..."


    *Frase de Roc.

lunes, 7 de marzo de 2011

CuentaCuentos nº 83 "Caída mortal"

Caída mortal

    "Comenzó a verse una luz allá al fondo, solo faltaba un poco más. Entre todos, trabajando juntos, estaban a punto de conseguirlo. Solo les separaban unos metros para conseguir salir de aquel infierno. Todavía no podían ni creerse que estuviesen a punto de conseguirlo. Llevaban tres días intentando encontrar la salida sin éxito, tres días en los que habían sucedido tantas cosas, tres días que les cambiarían la vida para siempre... Pensando en cómo habían llegado a esa situación parecía estar todo muy borroso. Era un día cualquiera de primavera, como tantos otros y habían salido de excursión. Entre todos habían decidido hacer una larga caminata antes del almuerzo, para abrir apetito. Cuando llevaban ya dos horas y media de su caminata decidieron que ya era hora de ir hacia la cabaña, que pronto sería hora de comer.

    Ariadna iba detrás, cerrando la comitiva. Todos los años hacían ese viaje juntos, ya formaba parte de un ritual entre ellos. De repente tembló el suelo y una sensación de mareo invadió todo su cuerpo. Debía de necesitar beber, una larga caminata sin agua podía hacer desfallecer a cualquiera, aunque aquel mareo era diferente a otros. De repente fue sustituido por otra sensación mayor, el dolor de sus huesos y músculos al chocar fuertemente contra algo. Todo era oscuridad. ¿Se había desmayado? ¿Se darían cuenta de que se había quedado atrás? Comenzó a escuchar más lamentos y sollozos a su alrededor, se obligó a abrir los ojos y a poner en movimiento sus doloridas articulaciones. Miró en todas direcciones, pero no vio nada, sólo oscuridad.

    Tras unos segundos en los que su corazón se puso a mil revoluciones por segundo comenzó a dislumbrar claridad, sus ojos se estaban acostumbrando a la falta de luz. Ahora podía distinguir sombras, las de sus compañeros, tirados en el suelo, al igual que ella. Miró hacia el cielo, a lo lejos se veía un círculo de luz, ahora empezaba a entenderlo. Se habían caído por un agujero. Una vez pasados los primeros minutos de desorientación comenzaron a llamarse unos a otros. Había alguna pierna rota, hombros fuera del sitio, y muchas contusiones, cortes y rasguños, pero parecía que nada demasiado grave. Ariadna vio tumbado a su lado a Jonathan, todavía debía estar atontado por el golpe. Le dio un par de gopecitos, pero no obtuvo respuesta. Quizá se había quedado inconsciente, no sería raro con la caída que habían tenido. Le giró para tratar de despertarle y cuando vio su cara comenzó a gritar. Casi ni se le reconocía. Tenía la mitad de la cabeza hundida y debajo de él había un charco de sangre enorme. Los demás se acercaron como pudieron al oír sus gritos. Se arrodillaron en torno a él y trataron de reanimarle, pero no había forma, no con aquel golpe, no con tanta sangre por el suelo, no con esa horrible herida abierta en el cráneo...

    No quería recordarlo, intentó quitárselo de la cabeza, ya quedaba poco para salir, tenía que dejar de pensar en ello. Cuando saliesen ya tendrían tiempo de avisar a las autoridades y poder ir a rescatar los cuerpos de sus amigos. Se estremeció totalmente al pensar en la palabra "cuerpos". Por desgracia Jonathan no sería el único que no saldría de esa trampa mortal. Durante los tres días que llevaban intentando encontrar una salida habían ido sufriendo bajas inesperadas. Carla no pudo soportar la pérdida de sangre por su pierna rota, Esteban había aparecido muerto la segunda mañana, sin heridas externas importantes, pero a saber como estaba por dentro y Mónica había caído mientras escalaban un muro. Casi no tenían fuerzas ya, pero cada vez estaba más cerca la salida. Habían estado hablando del impacto que tendría fuera su historia, habían sobrevivido a una caída casi mortal y habían luchado por aguantar durante tres días por encontrar el modo de salir de allí. Contarían su historia, la de ellos que podían contarla, pero también la de aquellos que no lo habían conseguido. Todos habían trabajado juntos, cada uno había aportado lo que había podido para tratar de salir de allí aunque no todos lo conseguirían y de eso iba a ocuparse ella personalmente...

    ¿Acaso no se habían dado cuenta de que ella les oía hablar cuando creían que estaba dormida? La criticaban porque no hacía nada, porque no ayudaba en nada, porque había dejado caer a Mónica... Era cierto, la había dejado caer, pero no le había quedado más remedio, era ella o Mónica y no estaba dispuesta a arriesgar su vida por la de otra persona, fuese quien fuese. Desde ese momento se dio cuenta de que hablaban de ella a sus espaldas. Sabía que iban a denunciarla por homicidio involuntario, ¿pero qué se creían? ¿Acaso preferían que se hubiera caído ella? Estaba segura de que así era, no podía confiar en nadie y ellos pagarían por todas sus palabras. Aprovechó que nadie le hacía caso para sacar de la manga de su chaqueta una piedra que llevaba escondida y se fue acercando sigilosamente al que cerraba la comitiva. Mauro ni siquiera sintió su presencia hasta que la piedra se incrustó contra su cabeza y no tuvo tiempo a resistirse. Uno menos, sólo le quedaban dos más...


     "Diario de León, 26 de Abril de 2011.

    Hoy la sierra leonesa amanece consternada por la noticia. Hace un par de días el lugar se llenaba de gente que venía para ayudar en la búsqueda de los 8 excursionistas desaparecidos, hoy todos lloran la tragedia. A la entrada de una cueva de difícil acceso encontraron el cuerpo casi desfallecido de la joven Ariadna P.J., de 24 años. Una vez en el hospital y tras los cuidados de los sanitarios Ariadna contó a la policía lo que había sucedido y entre lágrimas indicó los lugares donde podían encontrar los cuerpos de sus compañeros. Era un milagro que tantos hubiesen sobrevivido a la primera caída, pero con el paso del tiempo el cansancio, el dolor, los huesos rotos y lo escarpado del camino se había ido cobrando la vida de estos muchachos uno a uno.

    Es un milagro que la policía encontrase a esta joven durante el reconocimiento del lugar, porque de otro modo no habría conseguido llegar al pueblo sola y nunca se habría sabido la historia de estos pobres muchachos, que pese a tener fuerza de voluntad por sobrevivir la naturaleza demostró ser más fuerte que ellos. Le deseamos a Ariadna una corta recuperación y que pueda olvidar cuanto antes este suceso tan traumático para ella..."


    *Mi frase.

lunes, 19 de abril de 2010

CuentaCuentos nº 82 "La investigación"

Antes recomiendo leerse La abogada, para tener una visión completa.

La investigación

    “-La chica del paraguas rojo. Así es como la conocían por el bufete de abogados. La verdad es que por aquí lo que más abundan son hombres y mujeres vestidos con tristes colores oscuros, y los días de lluvia se la podía distinguir a lo lejos por su paraguas.
    -¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño? ¿O de alguien que le tuviese rencor por algo?
    -¿A la señorita Robledo? Pues creo que no. Nunca he oído nada sobre clientes descontentos o sobre oponentes enfadados ni nada parecido. Era una mujer entregada a su trabajo y que siempre lo hacía todo con la ley de su lado.

    Habían pasado dos días desde que habían encontrado el cuerpo de Anastasia Robledo en su despacho. Seguían con la investigación, no tenían nada de lo que ir tirando. Faltaba el informe de la autopsia que les diría cual había sido la causa de la muerte y la que les aclararía si tenían entre manos una muerte natural o un asesinato. El teniente D’Angelo estaba seguro de que había algo raro en todo aquello y estaba decidido a llegar al fondo del asunto. El despacho había sido examinado a conciencia por varios agentes y por él mismo. No había signos de violencia, ni nada desordenado ni fuera de su sitio, y según habían declarado sus compañeros y su secretaria parecía no faltar nada. Se estaba encontrando con un callejón sin salida, sin saber qué hacer y eso no le gustaba. Él siempre había sido ese tipo de hombre que domina las situaciones en todo momento, pero esta vez, notaba que había algo diferente. Quizá ese interés por ella, por sus ojos... Acababa de entrar en la comisaría cuando le dijeron que sobre su mesa le esperaba el informe de la autopsia. No se lo pensó dos veces y fue directamente a buscarlo, quería ver si allí tenía algún camino nuevo que explorar.

    ‘Anastasia Robledo, 28 años.
    ...... Su cuerpo no presenta ningún tipo de signos de violencia física. No hay pruebas residuales importantes sobre el cuerpo, ni debajo de las uñas. Sin embargo, un examen exhaustivo de los órganos internos revelan la causa de la muerte, que fue producida por un potente veneno a base de arsénico. De hecho, en la laringe se hallaron restos de polvo de arsénico. El contenido del estómago era parte del desayuno, todavía sin hacer la digestión, por lo que podría haber ingerido el arsénico mezclado con éste……..
    Hora de la muerte, entre las 9.00 y las 10.00 horas del día 13 de abril.’

    Tuvo que releerlo un par de veces más para estar seguro de que había entendido y procesado toda la información posible. Había algo en su cabeza, dando vueltas, pero no era capaz de ponerlo todo en orden. Se recostó en su sillón, cerró los ojos y visualizó una vez más la escena del despacho. Todo ordenado, Anastasia muerta en el suelo, la hora de la muerte, el desayuno... ¡Eso era! Rebuscó entre los papeles del expediente, en busca de las fotos que habían hecho. Allí estaba la bandeja con el desayuno. Un zumo natural, un par de tostadas, mantequilla, mermelada y una infusión. Volvió a buscar entre los papeles, por allí tenía que haber algo más. Encontró otra foto del paquete de las infusiones con una nota que había sobre el escritorio.

    ‘Gracias por los servicios prestados, esperamos que el guste’

    Tuvo una corazonada, fue a la sala de pruebas y pidió que le entregasen uno de los sobres de infusión y lo llevó al laboratorio para que lo analizasen. Les pidió máxima prioridad a aquel análisis y se quedó allí esperando hasta que le dieron los resultados. Después hizo analizar las bolsitas restantes una por una, y volvió a quedarse esperando. Necesitaba los resultados, no podría irse a dormir sin saberlos. Todos los sobres dieron positivo a restos de polvo de arsénico. Ya estaba la pieza que faltaba y por la que comenzar a investigar. Ahora tenían entre manos la investigación de un asesinato y le había prometido que sabría lo que le había pasado. Y ahora se prometía a sí mismo que haría pagar a quien le hubiera hecho aquello...”



    *Frase de Sara.
Continuará...

martes, 13 de abril de 2010

CuentaCuentos nº 81 "En el aeropuerto"

En el aeropuerto

    “Perdí el vuelo y tuve que pasar la noche en el aeropuerto. Así que cogí las pocas cosas que no había facturado y me puse a buscar un buen lugar en el que pasar la noche y esperar a que me encontrasen un hueco en alguno de los siguientes vuelos. Como pude me acomodé sobre esos incomodísimos asientos que hay en las terminales. Me puse a leer uno de los periódicos que me había comprado para pasar el rato, pero pronto comenzó a darme el sueño. Me tapé con la cazadora y me relajé. Cerré los ojos para intentar dormir, pero no era nada fácil. A cada momento los molestos ruidos del aeropuerto me estaban molestando. Gente que iba de aquí para allá. Ruido de aviones aterrizando y ruido de aviones despegando. Esa molesta voz de megafonía anunciando retrasos, salidas y llegadas. No había forma de estar un rato tranquilo y en paz. Y de repente todo fue silencio...

    Pensé que me había quedado dormido por fin y que estaba en esa fase del sueño en la que todavía somos un poco conscientes pero sin ser capaces de reaccionar. Me quise dejar ir, abandonarme al sopor, pero no sé, había algo raro. Notaba algo extraño, no sabría explicar el qué. Luego me di cuenta de que me pitaban los oídos. Abrí los ojos y sólo vi oscuridad. Me levanté casi de un respingo y miré alrededor. Pensé que quizá fuese un fallo del sistema eléctrico del aeropuerto, que tardarían poco en conectar los generadores y que aquello volvería a ser el mismo lugar ruidoso de antes, pero algo había cambiado allí. No había nadie a la vista. Un segundo antes en aquel mismo lugar no dejaba de pasar gente de un lado para otro con sus maletas, sus llamadas telefónicas, sus conversaciones y sus pequeños equipajes a vueltas y ahora nadie.

    Miré en todas las direcciones, y nada, ni una sola alma a la vista. ¿Qué habría pasado? ¿A dónde se había ido toda la gente? Tenía que haber alguna explicación normal. ¿Acaso habían avisado de un ataque terrorista y no lo había escuchado por haberme quedado dormido? Bueno, no podría ser eso, alguien me hubiera despertado para evacuar, ¿no? La verdad que ya no sabía qué pensar, lo que sí estaba claro es que algo debía haber pasado, porque aquello no era normal. Comencé a caminar y a dar vueltas por aquel aeropuerto tan vacío. Es curioso cómo cambian las cosas según con la luz con la que las mires. Cuando está totalmente iluminado, un aeropuerto no deja de ser más que una construcción llena de gente que siempre tiene prisa para ir a algún lugar en concreto, pero en aquel momento, completamente a oscuras, totalmente en silencio, era siniestro.

    Estaba comenzando a ponerme nervioso. No me gustaba estar en aquel lugar. Aquello debería estar lleno de gente y sin embargo nadie a parte de mí parecía quedar en el aeropuerto. El corazón me comenzó a palpitar más deprisa. De verdad me estaba poniendo realmente nervioso y no sabía que podía hacer. Necesitaba calmarme y poner las cosas un poco en claro para poder tomar una decisión lógica y coherente. Busqué un cuarto de baño en el que poder refrescarme. Cuando el agua fría tocó mi cara empecé a relajarme un poco y de repente escuché un ruido. Instintivamente corrí a esconderme en uno de los servicios, no sé por qué, fue algo irracional. Sentí un miedo indescriptible y no pude hacer nada más que esconderme en aquel lugar, cerrar la puerta, subirme sobre la taza del baño y quedarme totalmente quieto. Escuché unos pasos que entraron al cuarto de baño y pude ver una sombra por debajo de la puerta, casi contuve la respiración en aquel momento. Le notaba moverse, podía oír el sonido de su cuerpo rozándose con su ropa. No conseguía entenderme, si unos minutos antes estaba buscando gente para entender lo que pasaba, ¿ por qué ahora me estaba escondiendo de la única persona que me había encontrado en los últimos 20 minutos? No sabía la respuesta, lo único que tenía claro es que no quería que me encontrase.

    Los pasos comenzaron de nuevo y pude ver como la sombra se alejaba. Me quedé unos cuantos minutos más en aquella posición sobre la taza del baño, hasta estar seguro de que quien fuese ya se había alejado y no iba a volver. ¿Quién sería? ¿Me estaría buscando a mí? ¿Qué hacía en el aeropuerto a oscuras? ¿Quizá se había despertado ya solo igual que yo? Demasiadas preguntas otra vez y ninguna respuesta. Salí del cubículo en total silencio. Cada vez parecía estar más oscuro, debía estar anocheciendo. Me descalcé y dejé los zapatos por allí tirados, no quería ir haciendo ruido, porque en aquel lugar tan desierto, el mínimo ruido delataría mi posición. Me asomé al gran aeropuerto vacío, en silencio, esperando que mis ojos se acostumbrasen a la falta de luz y cuando lo hicieron salí de allí con total sigilo. Quería volver a buscar mis cosas, allí tenía la chaqueta y en el bolsillo mi teléfono. ¿Por qué no se me habría ocurrido antes llamar a alguien para preguntar si sabían lo que pasaba? Corrí agazapado entre las filas de asientos, parándome de vez en cuando a ver si oía algún sonido, pero siempre era el silencio lo que me rodeaba. Creo que tardé algo más de 10 minutos en recorrer los escasos 300 metros que separaban el servicio con el lugar donde estaban mis cosas, pero al llegar allí no había nada. Ya está, pensé, seguro que me confundí de lugar. Miré alrededor y para mi sorpresa comprobé que no, que era el lugar exacto donde habían estado mis cosas, de hecho, mis periódicos seguían allí, pero del resto de mis cosas ni rastro.

    Un ruido repentino llamó mi atención. Pasos otra vez. Rápidos y se estaban acercando. Levanté la cabeza y vi a una persona que venía a toda velocidad hacia donde yo estaba. Otra vez fui presa del pánico, me levanté de repente y salí corriendo de allí. No quería saber quién era ni qué quería de mí, en ese instante era el pánico el que dominaba todo mi cuerpo. Podía oír los pasos de la otra persona persiguiéndome, aunque todavía estaban lejos. Yo no hacía ruido al correr, pero con los calcetines sobre aquel suelo tan pulcramente encerado, resbalaba demasiado como para tener total control sobre hacia donde me dirigía. En una esquina pude frenar a tiempo y esconderme detrás del mostrador de una de las tiendas. Me agazapé como pude, intenté contener mi agitada respiración y esperé...

    No tardó mucho en aparecer la persona que me perseguía. No se dio cuenta de mi cambio de dirección y continuó corriendo de frente. Vi un brillo en una de sus manos. Me fijé mejor y volví a verlo. Intentaba enfocar aquel objeto para ver si podía adivinar qué era. Me apoyé en el mostrador, para evitar los temblores por los nervios y para mi desgracia el mostrador cedió bajo mi peso y se movió chirriando contra el suelo. Me escuchó, aquella sombra se giró hacia donde yo estaba. Otro reflejo. Ahora lo había visto bien. Un cuchillo, llevaba un cuchillo en la mano derecha. Salí corriendo una vez más, pero ahora ya no era por un miedo irracional, ahora era por mi vida. No sabía a dónde ir, no sabía hacia dónde escapar. Cada vez oía los pasos más cerca. Notaba a mi perseguidor cada vez más cerca. Me estaba dando alcance y no sabía qué hacer. Ya casi podía sentir su aliento erizando los pelos de mi nuca y de repente noté una mano que me agarraba por el hombro.

    -Perdone, señor, se ha quedado dormido en los asientos, le estamos esperando para embarcar, su avión sale en 15 minutos.

    Desperté sobresaltado y tardé unos segundos en ser consciente de dónde estaba. Vale, me había quedado dormido y había tenido la peor pesadilla del mundo. Desde que era pequeño no recordaba haber pasado por nada igual, me prometí que sería la última vez que me tomaría algo picante antes de dormir, me sentaba fatal. Cogí mi chaqueta, mis periódicos y mis cosas y subí al avión. Fue fácil encontrar mi sitio, cogí uno de los periódicos y me puse a leer las noticias entre que el avión despegaba y las azafatas no servían los tentempiés. Ya estaba más tranquilo, sólo había sido un sueño y aún así no podía quitarme aquella horrible sensación del cuerpo. Me levanté para ir al cuarto de baño del avión, siempre me habían hecho gracia aquellos servicios tan reducidos. Me mojé la cara y la nuca, el agua fresca fue como un calmante, ahora sí que esta mejor. Me senté un momento en la taza, cerré los ojos y me pasé las manos por la cara, para despejarme del todo. Después miré al suelo. ¿Qué pasaba? ¿Dónde estaban mis zapatos? ¿Acaso no los llevaba ya cuando subí al avión? Un golpe en la puerta me sobresaltó y vi aparecer el brillante filo de un cuchillo atravesándola...”


    *Frase de Scry.

domingo, 28 de marzo de 2010

CuentaCuentos nº 80 "La abogada"

La abogada


    “Rebuscando entre los papeles encontraron una llave de lo más extraño. De momento nadie la había reconocido ni sabían de dónde podía haber salido. Quizá tenía que ver con el robo, quizá al intruso se le había caído entre que rebuscaba en todos los cajones, historiales y papales del despacho. Quizá era una pieza clave para llegar a resolver aquel caso. O al menos eso esperaba el Teniente D’Angelo. Estaba al mando de la investigación y haría todo lo que estuviese en su mano para concluirla con éxito. Caminaba sobre la mullida moqueta color beige hasta la puerta que se encontraba al fondo de aquel pasillo, donde estaba el despacho de Anastasia Robledo. Había oído hablar mucho de ella. Una joven abogada que había sacado adelante ella sola el bufete de abogados de su padre, tras la trágica y repentina muerte de este en un accidente de coche hacía siete años.

    La verdad es que todo lo que sabía de ella era lo que había escuchado por la televisión acerca de los innumerables juicios en los que formaba parte y de los que casi siempre salía airosa. Sabía que siempre estaba del bando de los buenos. De parte de la justicia y la ley, aunque a veces la ley y la justicia no la acompañasen ni a ella ni a sus clientes, porque alguna que otra vez las cosas no salían como cabía de esperar. Aún así había llegado hasta lo más alto, y aún siendo tan precipitada su toma de posesión en aquel bufete, había conseguido mantenerlo en lo más alto, aún cuando la mayoría de los socios habían abandonado la sociedad tras la muerte de su padre. Se paró unos instantes ante el letrero dorado de la puerta que rezaba en letras negras: “Despacho de la Srta. Anastasia Robledo” y allí se quedó un rato hasta que una voz lo sacó de sus pensamientos:

    -Prepárate para ver a la mujer más impresionante que hayas tenido delante en toda tu vida. Tardarás mucho tiempo en poder olvidarla...
    -¿Tan hermosa es?
-Entra y júzgalo tú mismo... Ya me lo dirás cuando salgamos de aquí.

    Y entró en el despecho sin estar verdaderamente preparado para encontrarse con la que realmente era la mujer más hermosa que sus ojos habían contemplado hasta ese momento... Allí estaba ella, frente a él, sin decir nada. Él la observaba perdido en su hermosura. Rodeados de un montón de gente y ajetreo, pero sintiendo que estaban los dos solos, sintiendo que nadie podría molestarlos. No podía apartar los ojos de los de ella. De un azul intenso. Un azul que parecía querer decirle mil cosas, contarle mil historias, contarle todo lo que le había pasado. Y se sentía atrapado por su mirada, pero consiguió desviar la vista hasta sus pies. Calzaba unos elegantes zapatos de tacón de aguja, negros, de piel vuelta. No tenía precisamente los pies pequeños, pero aquellos zapatos los estilizaban hasta el punto de conseguir el efecto óptico contrario. Subió lentamente la mirada por sus piernas. Unas gráciles piernas de bailarina, estaba seguro. Largas, firmes, marcadas... Unas piernas que podrían volver loco a cualquiera, y que ahora lo estaban envolviendo a él con su sensualidad. Sintió que se ruborizaba cuando sus ojos llegaron a sus muslos. No podía verlos, porque aquella falda de tubo se lo impedía. Pero gracias a dios, Armani había diseñado muy bien sus trajes, y en vez de esconder sus formas femeninas, aquella falda remarcaba sus caderas. Unas caderas voluptuosas que de seguro podrían enloquecer a cualquier hombre con el vaivén de su caminar. Y esa cadera que terminaba en una cinturita de avispa, que casi parecía poder abarcarse por completo con ambas manos. La blusa impecablemente colocada por dentro de la falda y perfectamente planchada le daba ese aire de ejecutiva competente que intimidaba a cualquier hombre que osase reponerse contra ella. Un cuello perfectamente colocado y los tres primeros botones que estaban sensual y estratégicamente desabrochados para dejar ver lo justo y necesario. El comienzo y voluptuosidad de dos pechos firmes, sugerentes y sobre todo muy deseables, que no pasarían inadvertidos para cualquier hombre en su sano juicio...

    Se sintió observado y notó como el calor y el color volvía a teñir sus mejillas, así que desplazó un poco más la vista avanzando por su grácil cuello hasta llegar a su angelical rostro. Sus ojos, tan le hacían sentirse como si toda la grandeza del mar le estuviera rodeando. De un azul tan intenso que parecían abarcarlo todo con una sola mirada. Parte de su cabello, largo, sedoso, negro, como la más hermosa noche sin luna, cubría parte de su rostro, pero eso la hacía parecer aún más misteriosa y hacía que se encendiese dentro de él la llama de la pasión y el deseo. La deseaba, sí... ¿Cómo no iba a desearla si era la viva imagen de un ángel? Y sus labios rojo carmesí parecían estar clamando a gritos un beso. Y entonces se fijó en el hilillo de color rubí que salía de la comisura de sus labios, avanzando silencioso por su mejilla hasta convertirse en gota y dejarse caer sobre la mullida moqueta, donde gotas anteriores ya formaban un charco alrededor de su cabeza.

    -¿Y esa sangre que sale de sus labios? – preguntó sin poder apartar la vista de ella.
    -Esa sangre es la única evidencia que tenemos señor. Como puede comprobar no tiene heridas defensivas ni indicios de violencia.
    -Pero algo tiene que haber. Algo se nos debe estar escapando...
    -No lo sé señor. Yo no veo nada fuera de lo normal.
    -Pues por eso nos han llamado, para que lo descubramos. Así que empecemos...

    Su compañero se puso manos a la obra, pero él no podía apartar la vista de ella. De aquellos ojos tan extrañamente vivos, tan misteriosamente comunicativos en aquella oscura situación. Unos ojos que parecían querer decirle algo. Que parecían querer contarle lo que le había sucedido. Se acercó al cadáver lentamente, mientras se ponía aquellos dichosos guantes de látex. Se arrodilló al lado de ella y no pudo reprimir el deseo de tocarla, de sentirla, así que suavemente apartó su pelo de delante de su rostro, para poder verla bien, y tampoco pudo reprimir el deseo de acariciar su mejilla:

    -Tranquila preciosa. Descubriré el secreto que guardan tus ojos."




    *Frase de Sechat.
Continuará...

lunes, 27 de abril de 2009

CuentaCuentos nº 79 "El parque"

El parque


    “Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas, no sabía muy bien de donde había llegado aquella brisa fresca de inspiración, pero tenía toda la intención de aprovecharla al máximo, así que se aclaró la garganta, tomó un sorbo de agua y continuó con la exposición de su trabajo frente al comité de la facultad. Se lo tenía merecido. Había faltado las últimas dos semanas a clase y ahora tendría que hacer grandes esfuerzos por ponerse al día y por ganarse que no la expulsaran ni bajasen sus notas... Trabajos extras, presentaciones, proyectos, ayudante del profesor... Estaba segura, a sus 20 años, era toda un desastre. Micaela era una muchacha normal, de esas que pasan por tu lado en la calle y no llaman la atención excesivamente. Pelirroja, de ojos castaños, no muy alta y quizá con un par de kilos de más, pero ella estaba orgullosa de sí misma. Había llegado a la universidad, que era mucho más de lo que se podía decir del resto de miembros de su familia, e iba a aprovecharlo a toda costa.

    Cuando al fin terminó su presentación eran ya más de las 8.30 de la noche. Fuera la esperaba un duro y frío día de inverno, al menos tenía suerte que no llovía. Iba perdida en sus pensamientos, recordando las caras del Decano y del resto de profesores, tratando de adivinar si lo había hecho tan bien como ella pensaba... Escuchó un ruido y todo su cuerpo se paralizó durante unos segundos. Otro ruido, hojas secas, sonaba a hojas secas. Miró a su alrededor horrorizada para comprender que en vez de dar toda la vuelta, como tenía pensado, se había metido a cruzar el parque que separaba la universidad de su residencia. No debía haber ido por allí. Todos los días, al salir de clases, se recordaba a ella misma que no debía entrar al parque. No tenía buenos recuerdos de las veces anteriores que lo había cruzado en plena noche. Y aún así, sin saber muy bien como, muchas veces terminaba pasando por allí. ¿Acaso estaba tentando a la suerte sin saberlo?

    Por las noches no era aconsejable estar por allí. El silencio, la oscuridad, la lejanía de cualquier zona donde pedir auxilio... Todo eran señales claras que advertían que aquel no era un lugar seguro para nadie y mucho menos para una muchacha sola, y aún así ella estaba por allí y cada noche pasaban cientos de ellas de regreso a sus residencias. ¿Acaso ellas no sentían miedo? ¿No se les erizaba la piel con aquel lugar? Quién sabe que cosas podrían estar escondidas por ahí, esperando una oportunidad. Fue necesario otro crujido, esta vez más cerca, para que Micaela se pusiera en marcha una vez más. Apretando el paso, con el corazón martilleando contra su pecho, como un potro salvaje desbocado. Su respiración se había vuelto más pesada y arrítmica, acompañando las largas zancadas que estaba dando para dejar atrás cuanto antes la zona más espesamente arbolada. Sentía la necesidad de salir de allí cuanto antes, pero tenía miedo de ponerse a correr y delatarse. No quería delatar su posición porque, ¿y si la persona que venía detrás de ella, no se había percatado aún de su presencia? Sus músculos volvieron a tensarse, esta vez casi tuvo que gritarle a sus piernas que se moviesen. Estaba angustiada, quería salir de allí. Tenía que salir de alli...

    Los crujidos estaban cada vez más cerca, pensó que si miraba hacia atrás podría ver a quien fuera que estuviera allí, detrás de ella, siguiendo sus pasos, pero no sabía que podría ocurrir si lo hacía... Tenía miedo a lo que vendría después de mirar hacia atrás. Sabía que sus piernas no podrían dar un solo paso más. Que se quedarían clavadas en la tierra en aquel mismo lugar. Estaba en medio del parque, nadie sabía que ella estaba allí, nadie, quizá ni siquiera la persona que venía detrás de ella, o quizá sí... No importaría todo el escándalo que pudiera montar, nadie podría oírlo... Aquello no era bueno, no era nada bueno. Podía imaginarse paso por paso miles de situaciones, a cada cual peor, que hacían que sus pies avanzasen cada vez a mayor velocidad, aunque sin ponerse a correr.

    Se acercó a una zona donde los días de descanso se juntaban los alumnos y hacían sus botellones. De día quizá fuese difícil encontrar el sitio exacto, pero de noche era inconfundible, una larga fila de farolas con las bombillas rotas lo señalaban en la oscuridad. Estratégicamente, dejaban una sin destrozar, justo en el centro, para poder encontrar el camino en plena borrachera. Se estaba acercando a ella, cuando de repente, la farola se apagó sin más. Sin ruidos de cristales rotos, sin gritos, sin ninguna evidencia de brutalidad. Se había apagado sola...

    -Genial – gruñó.

    Y se quedó allí, paralizada, a oscuras. Se sentía ya incapaz de dar un paso más. Su cuerpo temblaba, un sudor frío, más frío que la misma noche le recorría toda la espina dorsal, podía sentirlo bajar y empapar a su paso su jersey, que ya estaba pegado a su cuerpo. Era noche cerrada, nadie podría verla si se quedaba allí quieta. ¿Y si se escondía entre los matorrales? ¿Podrían verla? En su cabeza, el rítmico compás que marcaba su corazón no la dejaba pensar con lucidez. Tenía los puños apretados, se estaba clavando sus propias uñas en las palmas de las manos, pero parecía no sentir dolor alguno. Esconderse era una buena opción Pero, ¿y si la miraban de todos modos? No, no podía ponerse a pensar en eso ahora. Tenía que tomar una decisión rápida, porque los crujidos se estaban acercando...

    Con un suspiro sus músculos se tensaron un poco y se acercó en una carrera hasta los matorrales del borde del camino. Dejó los libros en el suelo, al lado de sus pies, por si tenía que echar a correr, que no la molestasen. Pensó también en si debía descalzarse, pero haría el mismo ruido que calzada, y con las bailarinas evitaría que se le clavasen piedras en las plantas de los pies. Ahí estaba el ruido, una vez más, pero ahora podía distinguirlo perfectamente. Eran pisadas. Una persona. ¿Y por qué no había pensado que pudiera haber sido un animal? Claro, podría haber sido perfectamente un perro, pero de haber sido así, la habría pasado hacía ya tiempo que los animales llevan un paso más ligero que los humanos... A no ser que estuviera buscando algo que comer, o un lugar donde dormir...

    -¿Pero en qué estás pensando idiota? – se dijo a sí misma en un susurro.

    No era el momento adecuado para ponerse a pensar en por qué supuso que era una persona y no un animal. Dejémoslo en que fue el instinto, para que romperse la cabeza con semejante tontería en un momento como aquel. Sería como ponerse a pensar en de que color pintaría su habitación el semestre siguiente. No podía permitirse el lujo de despistarse ni un ápice, los pasos ya estaban ahí... Se agachó aún más, casi sin respirar, y escudriñó para ver si podía averiguar algo entre las hojas y la oscuridad de la noche. Tenis, pantalón largo, una zamarra, pelo largo... Al instante supo quien era. Se trataba de Jessica, una compañera suya de clase. La típica chica que no sacaba menos de un 8,5 en un examen. No se la podía considerar un peligro, así que decidió salir de su escondite justo cuando acababa de pasarla. Le saltó encima, por la espalda, haciéndola caer al suelo. En un rápido movimiento apartó su pelo y de un mordisco le destrozó la yugular. Jessica no había tenido tiempo de gritar. Ni siquiera de ofrecer resistencia... Ya había dicho Micaela que aquel lugar no era seguro para caminar a esas horas.

    Cogió el cadáver a cuestas y se internó en lo profundo de la maleza. Allí pudo saciar su apetito desgarrando la suave y aún caliente carne de su compañera. Era agradable aquel sabor, aunque se sentía un poco culpable por lo que había hecho, pero ya no había marcha atrás... Cuando estuvo saciada del todo, cogió los restos y se los llevó a otro lugar, uno que conocía muy bien. Empezó a excavar un hoyo en la tierra, y como suponía, a unos dos metros estaban las sobras de sus “otras cenas”. Tiró allí lo que quedaba de la pobre, pero suculenta Jessica, así como su jersey, que se había calado todo de sangre... Volvió a enterrarlo todo y dejarlo como si no hubiera pasado nada por allí. Era una suerte que aquel parque fuese tan grande y que algunas de sus zonas fuesen de tan difícil acceso...

    Volvió a por sus libros pensando en lo que había hecho. Por eso odiaba atravesar el parque de noche, porque sabía que era incapaz de controlarse, que sus instintos eran mucho más fuertes que ella, aunque tratase de controlarlos, y pese a tener tanto aguante. Siempre le habían dicho que era la fuerte de la manada, pero nunca se lo había creído hasta que consiguió controlar lo de sus transformaciones... Ahora podía hacerlo a voluntad, ni siquiera un paseo romántico a la luz de la luna era capaz de doblegar su fortaleza ante el deseo de transformación. Pero el olor de una presa fresca e indefensa en medio de ese parque, siempre había sido su perdición... Pero ella era libre, y llegaría donde no había llegado ningún otro de su especie...

    -Lo que no sé es qué haré el día que comiencen a relacionar todas esas desapariciones conmigo... – pensó mirando al vacío mientras salía por fin del parque. – Bueno, de momento lo único que importa es terminar la carrera...”




    *Frase del Señor de las Historias.

viernes, 27 de febrero de 2009

CuentaCuentos nº 78 "Amor"

Amor


    “Su voz comenzó a suavizarse, a convertirse prácticamente en un susurro. Era tan hermosa... A sus 27 años seguía conservando un rostro angelical. Tenía un hermoso pelo ensortijado, de un vivo color cobrizo, que cuando agachaba la cabeza con timidez, se convertía en una cortina de misterio que siempre me hacía mirarla como si fuera la primera vez. Sus ojos eran verdes, de un verde tan intenso que cualquier prado palidecería en comparación con ellos. Y aquella nariz tan chiquitina, como si fuese tímida, apenas asomaba en aquel rostro tan perfecto que poseía... Y sus labios... Rojo carmesí, invitando a todo aquel que los mirase a acercarse a ellos invadidos por los más intensos deseos de besarlos, de probarlos, de catarlos...

    Sí. Eva poseía una belleza que no tenía comparación con ninguna otra mujer que hubiese visto jamás. Y no se quedaba sólo ahí, porque a su carita de muñeca le acompañaban unas largas piernas que terminaban en unos pies perfectos, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. Unas caderas que eran la envidia de cualquier mujer. Anchas, jugosas, con las proporciones justas. Una cinturita de avispa que hacía resaltar aún más la hermosura de su cuerpo. Y como no... Sus pechos. Grandes, suaves, esponjosos... Me encantaba verla dormirse cada día. A Eva le gustaba hablar antes de dormir. Siempre hacía un repaso de cómo le había ido el día en el trabajo. Cuantas noches me habré dormido escuchando sus “peleas” con sus compañeras de trabajo. Y otras tantas habré llorado con ella mientras recordaba cuanto la infravaloraba su jefe. Ella valía mucho más que eso, y no se daban cuenta.

    Casi cada noche ella se quedaba dormida antes que yo. Notaba cuando iba a dormirse porque cada vez sus palabras eran más espaciadas, o porque lo que contaba empezaba a perder lógica. Su respiración se hacía más y más profunda y entonces, cuando ya casi había alcanzado el sueño, comenzaba a ronronear y en ese instante podía notar como iba a dormirme con ella, con su respiración, con su ronroneo... Prefería que ella se durmiese antes, porque me maravillaba verla cuando al fin había alcanzado el sueño tras un duro día. Sus músculos se relajaban y entonces podía admirar otro rostro completamente diferente. Más dulce, casi sin expresión, más tranquilo, sin preocupaciones. La otra cara de Eva, la que poca gente había podido disfrutar. Yo era afortunado por poder compartir todo eso con ella.

    Odiaba cuando me quedaba dormido antes que ella, porque temía despertarla, alterarla y que después ella no consiguiese conciliar el sueño, como antes, porque al principio le costaba muchísimo relajarse lo suficiente para dormirse, tenía demasiadas cosas en las que pensar. Pero desde que nuestras vidas se cruzaron, comenzó a dormir mejor. Y no quería arrebatarle lo que tanto trabajo había costado conseguir. Nuestra relación era perfecta. Ella la hacía perfecta. Yo simplemente observaba lo bien que nos iba todo. Nada de malos rollos, nada de discusiones, ni siquiera una palabra más alta que la otra. Todo esta bien entre nosotros. Éramos la pareja perfecta y lo sabíamos. Bueno, al menos yo lo sabía, y creo que ella, en el fondo, también lo sabía. Me gustaba acariciar su pelo mientras dormía y sentir como nuevamente volvía a ronronear al contacto con mi mano, y la forma en la que su olor se colaba entre mis dedos y como se quedaba ahí, a lo mejor durante todo el día... Dios, era tan, tan hermosa... Me acerqué a ella, silencioso, como cada noche, no quería despertarla, no habría estado bien, no. Cuando la vi allí, tan dormidita el miedo y la ansiedad se apoderaron de mí a partes iguales.

    Y entonces puse el cojín sobre su perfecto rostro y la asfixié. No tuvo apenas tiempo para darse cuenta de lo que estaba pasando. Casi ni opuso resistencia, lo que estuvo bien, porque sino no habría tenido valor para continuar con aquello. Apreté un poco más hasta que noté que ya no se movía. Retiré el cojín con cuidado y me cercioré de que no respiraba... Eva estaba muerta... Seguro que ahora estaréis diciendo mil barbaridades sobre mí. Sobre lo despiadado que he sido. Que soy un asesino, pero... ¿Qué derecho tenía ella a romper lo nuestro? Con todo lo que nos había costado llegar a construirlo. ¿Acaso sólo podía decidir ella cuando se terminaba? ¿Podía alejarme de su vida así como así? ¿Borrarme como si yo jamás hubiera existido?

    Estoy convencido de que no sabe quien la ha matado. Ella ni siquiera sabía que yo existía. No se dignaba ni a dirigirme la palabra en el trabajo. Pero siguiéndola descubrí donde vivía. Alquilé el piso de al lado, y sin que se diese cuenta hice un pasadizo que unía su piso con el mío, y coloqué cámaras, era necesario para nuestra relación. Así pasamos casi dos años maravillosos, en los que fuimos muy felices, hasta que hace dos noches me engañó. Llevó a otro hombre a nuestra casa y follaron en nuestra cama, mientras yo les observaba. ¿Acaso creía que le perdonaría eso? Me hizo daño. Me falló. Traicionó nuestra relación. ¡La muy zorra! Y por eso debía morir... Porque ella lo deseaba. Si no podía estar conmigo no quería estar con nadie más, pero ella no era lo suficientemente valiente para hacerlo sola. Por eso me hizo daño. Para que yo lo hiciese. Para que la ayudase a morir. Es lo que ella deseaba. Sabía que estaba dispuesto a todo por ella. Por eso trajo a aquel cabrón a casa. Porque él también quería morir... Y lo hizo, anoche, en su bañera...

    -Señoría, Eva se suicidó... Bueno... Quería suicidarse, por eso me obligó a hacerlo. Aquí la única víctima soy yo...”




    *Dedicado a Sara.

lunes, 28 de julio de 2008

CuentaCuentos nº 77 "Entre el bien y el mal"

Entre el bien y el mal.

    -Íbamos caminando la muerte tú y yo... - dijo Lucía.
    -¿Pero cuando fue eso? - preguntó extrañado Miguel.
    -Bueno, fue el... No estoy segura, creo que hace dos días...
    -No lo recuerdo.
    -Bueno, el caso es que íbamos hablando de la trayectoria que había llevado tu vida, y la verdad es que a veces te has ganado lo que tienes.
    -¿Dices que me merecía el tiro que me pegaron? - preguntó Miguel con los ojos como platos.
    -A ver te lo merecías, no de esa forma, pero te lo merecías... Me explico, no te merecías que te matase una bala perdida de un tiroteo entre bandas, más bien merecías que el padre de alguna de las niñas de las que abusaste te matase por venganza, pero también hay que ver que luego ese hombre pagaría por lo que hizo, y el pobre no se lo merece. Así que le damos un punto a favor a Dios por ponerte en aquel lugar aquel día, al menos en eso fue sabio...
    -¿Pero que me estás contando? ¡Yo no me merezco estar muerto!
    -¿No lo mereces? ¿Me vas a hacer que te recuerde todo lo que le hiciste a aquellas niñas?
    -En el juicio quedó demostrado que lo hice bajo un transtorno mental, no era dueño de mis actos...
    -Claro... No eras dueño de tus actos ni consciente de lo que hacías, sí eso dijo tu abogado. Pero creo que las fotos, videos y recuerdos que la policía encontró en tu casa no dijeron mucho a tu favor.
    -Pues mira, todo eso que hallaron en mi casa me ayudó a reforzar la idea de que no estaba en plenas facultades cuando lo hice. ¿Acaso a que persona en su sano juicio se le ocurriría guardar pruebas incriminatorias en su casa?
    -Fácil, a un enfermo. Pero no a un enfermo de esos que quería demostrar tu abogado, sino a una persona retorcida, malvada, fría, sin sentimientos...
    -¡Oye! - protestó Miguel.
    -¿Qué? ¿Te he herido los sentimientos?
    -Pues sí.
    -Vaya, que contrariedad... -dijo Lucía irónicamente, y después prosiguió. - Siempre pensé que los violadores pederastas no tenían sentimientos, porque bueno... Hay que tener una gran falta de escrúpulos para hacer lo que hacéis.
    -Mira, ya me estás enfadando. Me declararon culpable, así que ya no hay más que decir.
    -Pues mira que yo creo que sí, porque es verdad que te declararon culpable, pero también aceptaron que sufrías una demencia transitoria y desdoblamiento de personalidad cuando cometiste todas aquellas aberraciones, y lo único que hicieron fue mandarte a un hospital psiquiátrico.
    -Bueno, cumplí mi condena ¿no?
    -Yo creo que no... Deberías haber entrado en la cárcel y cumplir al menos los 30 años que marca la ley. Aunque en cuanto los demás presos supiesen lo que habías echo, no durarías ni cinco minutos...
    -¡Pero he estado encerrado en un centro donde me vigilaban a todas horas! Y me medicaban casi cada cinco minutos. Y me hacían exámenes psicológicos para ver si estaba bien, y al final conseguí salir de allí...
    -Ah, claro, perdona... Es que yo no me daba cuenta de que con dos años y medio se pueden pagar las culpas de 7 violaciones a menores de 14 años, en las cuales, una de ellas resultó muerta... - respondió Lucía con los ojos casi en llamas a causa de la ira.
    -Mira, creo que no estoy aquí para que me juzguéis...
    -Jajajaja... Pues ahí te equivocas de pleno.
    -¿Qué? No te entiendo - se preocupó Miguel.
    -Pues que has hecho cosas terribles, pero también has salvado muchas vidas. Has sido uno de los mejores cirujanos del momento, y hasta yo pienso que fue una lástima que ocurriese esto, pero debías pagar por lo que hiciste... Y por eso estás aquí, para que te juzguemos...
    -¿Vais a juzgarme vosotros? - preguntó asombrado Miguel.
    -Es una cuestión de principios, tenemos que hacerlo para ver si finalmente vas al cielo o al infierno.
    -Ya, claro... Dios que quiere arriba por las vidas que salvé como médico, y en cambio me quieren abajo por lo que hice, ¿verdad? - añadió con una sonrisa.
    -Pues te vuelves a equivocar - dijo Lucía mostrando un semblante malicioso y borrando la sonrisa de Miguel. - Estás aquí porque Dios no te quiere en el cielo por lo que les hiciste a las niñas, y no se te quiere en el infierno porque salvaste demasiadas vidas como médico.
    -¿Qué quieres decir con eso? ¿Que no se me va a juzgar por lo que hice?
    -Bueno... Más bien vamos a ver quién se lleva la condena de tener que quedarse contigo, por eso todavía estás aquí...
    -¿Y mi abogado?
    -No mira, es que aquí no tienes abogado. Aquí un ángel y un demonio tratarán de demostrar que tu sitio está en el otro lado, porque deberías de ser consciente de que no te quieren en ninguno de los dos. Y debería añadir que es la primera vez que pasa que un alma no es deseada en ninguno de los dos lados... - y añadió como si pensase en alto. - A mí eso me haría sentirme muy mal... jajajajaj...

    Miguel no sabía cómo reaccionar. Hacía dos días que había muerto y la verdad no se había parado a pensar en lo bueno y malo que había hecho durante toda su vida. Cuando estaba vivo no le importaba, además cuando lo arrestaron y lo mandaron para el psiquiátrico pensó que se había librado de todo, pero no había pensado en esto. Era una idea absurda, pero allí estaba, en espera de oír cómo se peleaban por ver quien tenía que joderse y quedarse con él...

    -Por cierto - dijo Lucía extendiendo la mano hacia él. - Esta es mi tarjeta, cuando termine el juicio, a lo mejor te hace falta llamarme...
    -Lucía Fer - leyó Miguel entre susurros.
    -Tú puedes llamarme Luci - y se marchó guiñándole un ojo.


    *Mi frase.

martes, 22 de abril de 2008

CuentaCuentos nº 76 "Reencuentros"

Reencuentros

    “La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Se habían jurado amor eterno cuando supieron que ella tendría que mudarse cuando a su padre le concediesen el traslado. Habían llorado juntos en su lugar secreto, donde se reunían para abrazarse y besarse. Donde nadie les decía que sólo eran unos niños y que no podían tener aquellos sentimientos...

    El día que Susan se fue para Peter todo cambió. No volvió a ser el mismo chico de siempre. Estaba triste, callado, apenas salía de casa y en los estudios había bajado su rendimiento. Nadie sabía el por qué de aquel comportamiento repentino, porque nadie conocía la existencia del amor que ambos se profesaban.  Para Susan las cosas tampoco fueron fáciles. Tuvo que adaptarse a una nueva ciudad, nueva gente, nuevo colegio, nuevos... ¿Amigos? No. No conseguía hacer amigos nuevos. No se sentía capaz o más bien no quería hacerlos. Lo único que la calmaba y la hacía estar mejor era pensar en que algún día volvería a estar con Peter y que entonces ya nada ni nadie podría separarles.

    Pasaron los años y ambos tuvieron que seguir adelante con sus vidas, o con lo que decían que eran sus vidas, porque para ellos, lo que tenían delante era un auténtico infierno en el que tenían que pasar cada día el uno sin el otro. Pero consiguieron seguir avanzando, porque se lo habían prometido aquel último día que estuvieron juntos. Aquel día en el que por miedo a no verse más se habían entregado el alma el uno al otro. El momento en el que fueron, al fin, un solo ser...

    Susan terminó la carrera y comenzó a ejercer de abogada en un bufete importante, y en menos de dos años, ya la habían hecho socia de la firma. Tenía todo lo que la gente podía desear, pero aún así no era feliz. Seguía pensando en Peter a cada instante que podía. Cuando veía unos novios abrazándose, cuando se cruzaba con una pareja con niños, cuando veía a dos abuelitos echando migas de pan a las palomas en un banco del parque...

    Era muy deseada por los hombres. Nunca se había parado a pensar en ello, pero se había convertido en una mujer hermosa. Largas piernas, cintura de avispa, ojos verdes y una larga y ondulada melena color azabache. Todo aquello en conjunto hacía que siempre se levantasen murmullos a su alrededor y más de una vez, se había sorprendido a si misma haciéndole un grosero corte de manga a un trabajador de la construcción después de un comentario soez sobre su trasero.

    Sus compañeras siempre le preguntaban si no había ningún hombre en su vida, porque ella podría conseguir al que desease con una sola mirada, pero siempre les contestaba lo mismo “Hay un hombre desde hace años, y tarde o temprano volveremos a encontrarnos”. Y ellas suspiraban imaginando la tierna historia de amor que Susan no quería contarles, para no tener que compartirla con nadie. Para no tener que compartir así la imagen de su último encuentro con Peter. Susan se miraba en el espejo del ascensor aquella noche. Se veía radiante y sabía que sería el centro de casi todas las miradas masculinas en cuanto hiciese su entrada en el salón donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de uno de los socios del bufete, pero le gustaba sentirse deseada y saber que ninguno de ellos podría tenerla nunca.

    El ‘ding’ que anunciaba que había llegado a la planta deseada la sacó de su ensoñación y se preparó para la lluvia de elogios que iba a caer sobre ella, y fue tal y como esperaba. En cuanto entró en la estancia se hizo un silencio y todos se volvieron a verla y comenzaron a lloverle elogios de todas partes, casi parecía ella la homenajeada porque incluso su compañero se acercó a ella y le dio un suave beso en la mejilla que ella recibió cerrando los ojos y sonriendo.

    Se paseó suavemente entre todos los asistentes, con un ligero movimiento de las caderas, siendo consciente de que en ese momento estaría siendo una de las mujeres más deseadas de la fiesta. Se acercó a la barra y pidió que le sirvieran un ‘Shirley Temple’ y se apoyó un momento mientras esperaba que la sirviesen. Y fue justo entonces cuando sintió un escalofrío recorriendo su columna vertebral. Alguien la estaba mirando fijamente y podía notar como su mirada la recorría de arriba abajo. Se giró lentamente con la bebida en la mano dispuesta a enfrentarse cara a cara con el hombre (al menos eso esperaba) que la estuviese mirando, pero entonces todo su cuerpo se quedó como paralizado. No era capaz de moverse, porque aunque habían pasado muchos años desde la última vez que se habían visto, pudo reconocer perfectamente a Peter entre toda aquella multitud.

    Su corazón comenzó a palpitar más fuertemente, aunque para ella, es como si empezase ahora, porque hasta aquel mismo momento no había vuelto a sentirlo dentro de su pecho. Sólo él hacía que estuviese así. Nerviosa y feliz al mismo tiempo. Con ganas de gritar y de llorar a la vez. Se sentía fuerte y débil frente a él. Él se fue acercando como a cámara lenta y Susan seguía sintiéndose incapaz de hacer ni un solo movimiento. Incluso quería decir algo, pero notaba la garganta seca. Al fin había venido a buscarla y no era capaz de hacer ni decir nada. No quería parecer insensible, ni que él pensase que no le importaba que estuviese allí, pero no había forma de hacer reaccionar su cuerpo.

    Al final consiguió que su brazo cediese a las órdenes que le enviaba su cerebro y pudo beberse el ‘Shirley Temple’ de un solo trago. Ya no tenía la garganta seca, pero tampoco dijo nada, porque la verdad, no sabía ni qué iba a decirle. Había imaginado muchas veces que se encontraban otra vez, pero nunca se había parado a pensar en que iba a decirle cuando eso sucediese.

    Peter llegó hasta ella y le dijo un suave ‘hola’ que fue el desencadenante de todo el cuerpo de Susan. Ahora ya podía moverse, ya podía hablar y se sentía liberada al fin de aquellos horribles segundos en los que había tenido miedo de que finalmente su mente le hubiera jugado una mala pasada y no fuese él, así que se echó en sus brazos y le dio el más efusivo de los abrazos, que llevaba guardando durante años para él, sólo para él.

    -¡Peter al fin! Cuanto tiempo sin verte.
    -Lo mismo digo Susan. Jamás creí que te encontraría aquí.
    -Ni yo a ti. Es lo que menos esperaba. Por cierto, ¿cómo es que estás aquí?
    -Porque tu socio, el que está de cumpleaños, está llevando unos asuntos de alguien cercano a mí... Así que aquí estoy.
    -Que casualidad, hasta podría haber llevado yo los asuntos de ese ‘alguien cercano’ jijiji...
    -Sí, podría ser...

    Susan volvió a abrazarle. No se lo podía creer. ¿Al fin estaban otra vez juntos y se iba a poner a hablar de trivialidades? Le sentía contra su cuerpo y notaba como todo su cuerpo comenzaba a temblar. Necesitaba tenerle más cerca, estar a solas con él, y notaba contra su cadera que él también lo deseaba, y mucho. Separó su cabeza de su hombro para preguntarle si quería que fuesen a un lugar más apartado, justo cuando una pelirroja se paraba a su lado.

    -Peter cariño, ¿quién es tu amiga?
    -Oh, sí, perdón. Ahora os presento – dijo Peter alejándose un poco de Susan. – Mary, esta es Susan, la amiga de la infancia de la que te hablé tantas veces.
    -Por supuesto – dijo Mary. – Susan...
    -Susan, esta es Mary... – y tras un silencio añadió. – Mi esposa.

    Susan creyó que todo su mundo se desvanecía en aquel mismo instante, con aquellas dos palabras saliendo de los labios de Peter, pero trató de mantenerse firme, entera, para que nadie pudiese notar que en unos segundos todo había cambiado por completo, dando un giro radical.

    -Peter me ha hablado mucho de ti durante todos estos años.
    -¿Durante todos estos años? – preguntó Susan.
    -Sí. Estuvimos de novios un año y ahora llevamos casados ¿Cuánto? ¿Tres años mi amor?
    -Sí, tres años. – respondió Peter con la cabeza baja.
    -Sí, tres maravillosos años. Mira – dijo sacando la cartera del bolso. – Estas son nuestras gemelas, Sophie y Estella, tienen añito y medio, y ahora viene en camino nuestro pequeño campeón.
    -¿Vuestro pequeño campeón? – preguntó con perplejidad Susan.
    -Sí, estoy embarazada de 5 meses, ¿no lo habías notado?

    En ese mismo momento Susan la miró de arriba abajo y fue consciente del estado de Mary. Hasta ese momento ni se había fijado, o quizá su cerebro no había querido retenerlo. Fuese como fuese, Peter había seguido adelante con su vida y no la había esperado. Cuando le vio allí mirándola pensó que había venido a por ella. En ningún momento se le pasó por la cabeza que él pudiese haber seguido con su vida, porque ella no lo había hecho, y no fue por falta de oportunidades, sino por la promesa que le había hecho cuando eran todavía adolescentes. Quizá su palabra valía más que la de Peter...

    Vio como Mary se alejaba satisfecha por haber marcado el territorio delante de ella. Presumiendo de su barriga ante todo aquel que quisiera verla y charlar durante un rato. Y notaba que muy a menudo se giraba para mirarla, mientras se acariciaba el vientre y en su mirada podía verse reflejada la victoria.

    -Peter, sé que no es el momento, pero siempre me quedé pensando en nuestra promesa.
    -Lo sé Susan, yo también. Pero llegó un momento en el que sólo el hecho de recordarte me hacía daño y entonces llegó Mary. La conocí en el último curso y con ella empecé a olvidarte. Y la verdad, pensé que tú harías lo mismo tarde o temprano.
    -Pues ya ves que no. Que yo me quedé esperándote.
    -Ahora lo sé y me duele. Porque sigues siendo tan hermosa como antes, o incluso más.
    -Peter, necesito al menos despedirme de ti. Un momento a solas en el que podamos cerrar lo que empezamos hace tantos años. ¿Me concederás al menos eso?
    -Tan solo dime cuando y donde.
    -En 10 minutos, en mi despacho. Es el que está al fondo del pasillo en la planta inferior.

    Y se alejó de allí en silencio, rumbo al ascensor y Peter la observó hasta que las puertas se cerraron y perdió el contacto visual con ella. Estaba perplejo por lo que estaba a punto de hacer, pero no había vuelta atrás. La deseaba y ahora que había vuelto a verla, tenía que cerrar aquella etapa de su vida para poder seguir siendo feliz al lado de Mary. Cuando entró en el despacho, Susan ya lo estaba esperando de pie, en el centro de la estancia. Se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos, sintiendo como ella se estremecía y como su corazón comenzaba a latir más fuertemente que antes. Ella le besaba con una mezcla de dulzura y pasión. La misma que recordaba de hacía tantos años y mientras iba dando cortos pasos hacia atrás, retrocediendo hasta la mesa.

    Cuando tropezó con ella se levantó un poco la falda y se sentó en el borde, abriendo ligeramente las piernas y dejándole así espacio suficiente a Peter para colocarse entre ellas y poder pegar su cuerpo al de ella sin ninguna interrupción entre ambos.  Susan comenzó a besarle el cuello suavemente, sembrando cálidos besos que le encendían aún más el deseo, y él se dejaba hacer hasta que notó que ella le mordía fuertemente, y se apartó bruscamente de ella, un poco consternado por la situación.

    -¡Susan! Mi mujer está arriba. ¿Por qué has hecho esto? – dijo mientras se tocaba el cuello.
    -¿Por qué? – dijo Susan mirándole a los ojos. – Para que todo el mundo sepa que en tus últimos momentos de vida fuiste mío.

    Y en ese preciso instante con un rápido movimiento, Susan le clavó su abrecartas en el abdomen. Hasta la empuñadura y girándolo después para que la herida se hiciese más grande, y comenzó a notar como brotaba su sangre sobre sus piernas. Mientras le miraba a los ojos sacó el abrecartas y volvió a clavárselo, esta vez con más fuerza y más ira. Se sentía traicionada, engañada, herida en su orgullo y descargaba toda su ira con cada embestida del abrecartas contra el cuerpo de Peter.

    Cuando notó que sólo le quedaba un hilillo de vida lo empujó y lo dejó caer torpemente sobre la alfombra de su despacho y lo observó mientras exhalaba sus últimos alientos de vida. Pero viéndolo allí tirado, pagando su traición no se sentía mejor ni mucho menos, y sabía lo que tenía que hacer. Se levantó y tiró el abrecartas con furia sobre el cuerpo inmóvil de Peter y fue a sentarse en su escritorio. Sacó una libreta con el membrete del bufete, cogió su pluma y se puso a escribir mientras las lágrimas comenzaban a brotar y resbalaban por sus mejillas.

    Se levantó y dejó la pluma sobre la mesa. Abrió el primer cajón y volvió a guardar la libreta allí dentro, y luego abrió el tercer cajón para coger de allí el último caprichito que se había comprado. Dio la vuelta a la mesa y se colocó de pie al lado del cadáver de Peter. Seguía llorando mientras le miraba allí, pero ya estaba todo hecho. Levantó la hoja que llevaba en la mano izquierda y lentamente leyó en voz alta.

    -Nuestra historia de amor fue como la de Romeo y Julieta y tiene que terminar como la suya... Trágicamente...

   Entonces levantó la mano derecha y se pegó un tiro en la sien.”


    *Frase de Shaylee.